Centro de Estudios Filosóficos José Porfirio Miranda Convenio:
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Testimonios



Homenaje a Porfirio Miranda. Marzo 7, 1997

Yolanda del Valle [1]
Psicóloga.



Una muy breve remembranza.

Porfirio ha puesto acento en ideas tales como que no somos naturalmente buenos, que no somos naturalmente racionales, que ni siquiera somos naturalmente hombres.

Sigo su pensamiento diciendo que somos naturalmente desmemoriados y que, como la memoria histórica es una realidad gradual, aprovecho este momento para hacer una remembranza muy breve sobre su persona.

Como la idea que tengo sobre Porfirio está determinada por la circunstancia, los tiempos y las características específicas de nuestra relación, me ha parecido  indispensable trascenderla para hablar de él en una oportunidad como ésta. Fue por ese motivo que decidí asomarme a conocer al Porfirio del que platican otros entre quienes ha jugado un papel significativo, ayudándome de sus anécdotas y descripciones para presentar a ustedes un boceto suyo inacabado, trazado por la combinación de diferentes miradas y diferentes épocas del hombre que vemos, del que suponemos, del que nace del conocimiento y del desconocimiento de su persona; sumando, además, irremediablemente, los matices de aquello que le imputamos sin que realmente sea suyo sino nuestro.

Dueño de atributos personales de excepción; carismático, profundo, sensible y provocador como  pocos, despierta generalmente reacciones igualmente intensas, que van de la persecución violenta que lo propone como objeto de linchamiento, a la exaltación desmedida que lo declara objeto de veneración .

Ni lo uno ni lo otro.

Porfirio puede ser tan fuerte como vulnerable, tan delicado y tierno como áspero y grosero. A veces es el razonador que escucha y dialoga, otras veces es llanamente el hombre que impone.

En compromiso irrestricto con la razón, apasionadamente entregado a lo suyo, creyente hasta la médula de los huesos -tanto desde la cabeza como desde el corazón-, hombre que busca ser de una honestidad a toda prueba, quedaría torpemente desvirtuado si transformo este reconocimiento en alabanza, o si lo dedico a su persona individual ubicada en el aquí y en el ahora. Me sitúo, entonces, en el Porfirio histórico. En el visionario que se adelanta a su época y que, echando mano de su enorme elocuencia, toma como  parte central de su tarea: demostrar  y convencer.

Me encontraba en la comunidad jesuita del Cerro del Judío el día que llegó la carta de José Porfirio anunciando los motivos que lo llevaron a tomar la decisión de salirse de la Compañía de Jesús. Acá, reacciones contradictorias y vehementes y una  diversidad de interpretaciones a sus palabras.  Allá, en Torreón, un Porfirio desolado buscaba en su madre el único abrazo capaz de brindarle contención para vivir un duelo lacerante como condición indispensable para un nuevo nacimiento.

El manejo del lenguaje ha sido un instrumento privilegiado suyo. Gran conversador, maestro extraordinario y orador espléndido, ha tenido  una influencia enorme como formador en Guadalajara, Chihuahua y el Distrito Federal. El contexto general era el aggiornamento, la apertura de la Iglesia a otros planteamientos y corrientes contemporáneas, en contraposición a la cerrazón tradicional de los colegios religiosos al pensamiento progresista.

El impacto de Porfirio en los grupos cristianos se dio al motivarlos en la búsqueda de la justicia social, en el acompañamiento en su declaración de inconformidad frente a las estructuras establecidas, en la lucha por la democracia y en la inspiración de la creación de organizaciones alternativas e independientes de la sociedad.

Después de un tiempo de trabajo en el ITESO en la ciudad de Guadalajara, un día del año de 1959,  en el templo de la Paz, micrófono en mano, en una arenga apasionada, logró conmover y sacudir a muchos de quienes lo escuchaban, ganándose con ello un pasaporte de salida por parte del cardenal. Continuó trabajando en Chihuahua hasta desarrollar, a principios de los sesentas, una tarea de tal importancia y magnitud que me atrevo a decir que la organización de esta reunión es una consecuencia de lo que sembró en aquellos tiempos.

Exigía entonces a los estudiantes muchas horas de estudio y lectura que él mismo controlaba con llamadas por teléfono; además, esperaba de ellos una participación activa y concreta para el cambio social: “¡Vete a vivir como obrero!”, era su demanda de compromiso directo. Para entonces surgieron “los pentágonos”, células integradas por cinco personas dedicadas a la promoción popular y a la lucha por los derechos de la gente con un enfoque de compromiso y de testimonio de vida.  Se trataba de una estructura organizativa clandestina para la formación de células que buscaban influir en organizaciones de trabajadores y estudiantes. Su responsabilidad principal consistía justamente en estudiar. Eran, pues, grupos de estudio y disciplina, con un alto sentido de discreción. Más adelante, con la idea de Democracia Comunitaria, buscaron la creación de un partido político diferente al PAN que conservara la filosofía del humanismo cristiano, pero con una definición clara en lo referente a lo social donde la lucha por la justicia tuviera un papel relevante.

Porfirio como ideólogo.

Al cabo de un tiempo el obispo lo echó fuera de su diócesis. Acto seguido un enorme plantón frente a su casa. Sus seguidores no tardaron en oponerse, pero el  movimiento recibió un golpe mayúsculo: Porfirio fue enviado a Roma a estudiar Letras Sagradas, “¡para regresar a decir lo mismo pero ahora con mayor fundamento!”, de acuerdo con lo que me comentó algún día.

Aunque en la Ibero tenía un buen número de seguidores, su relación con la Universidad era más bien recelosa y distante. En su última visita dictó una conferencia a la que se convocó cuando los presos políticos, Heberto Castillo entre ellos, hacían huelga de hambre después de haber sido golpeados en Lecumberri por los presos del orden común. También ahí un discurso apasionado al que remató con una frase impetuosa inolvidable: “¡Sépanlo bien muchachos, ésa es gente de mi generación y los hombres de mi generación, por la buena, no cambian!”.

Una vez constituida la UAM, a principios de los setenta, Porfirio participó en la fundación del sindicato de maestros y permaneció desde entonces trabajando en lo académico.

Durante un año, Gustavo y yo asistimos a sus clases de Doctrinas Políticas y Sociales. Gustavo me comentó un día que asistir a esas clases era como ir al cine con la certeza de que la película iba a ser extraordinaria. Quizás esta opinión suya sea compartida por muchos de los alumnos que hayan asistido a clases con él.

Porfirio ha sido fundamentalmente un hombre de ideas, un pensador que acompaña a otros con su discurso.  No creo que la creación de movimientos y organizaciones hubiera sido su propósito directo; sin embargo, el movimiento cristiano originado en su fervorosa convicción en las ideas que propugnaba, su innegable influencia en la Sociedad de Jesús y su poderosa participación en la teología de la liberación, lo colocaron de manera relevante entre quienes inspiraron el nacimiento de una serie de proyectos y organizaciones que, a base de picar piedra durante décadas, han influido en los acontecimientos sociales desde muy diferentes flancos a base de un trabajo de hormiga nunca reconocido por la historia oficial.

En lo personal participé en los CEIP, un grupo de educación popular y de intercambio con diferentes organizaciones independientes que se inició a los principios de los setenta, asesorado, entre otros, por jesuitas que trabajaban en inserción. Porfirio conoció el proyecto en todos sus detalles subrayando aspectos que a su juicio tenían un destacado valor. Y así como tuvimos con él reflexiones en momentos de calma que nos inspiraron para la realización del proyecto, supo ayudarnos sin cortapisas en momentos de verdadera tempestad.  Su  generosidad y lucidez fueron una constante. Fiel a su idea de la importancia de incidir en lo sindical para el cambio de las estructuras, nos conectó con el Frente Auténtico del Trabajo alentándonos a buscar formas y maneras de hacer un trabajo conjunto.

Las diferentes experiencias de este tipo de proyectos fueron cuestionando con el tiempo sus propios planteamientos, tácticas y metodología a la luz de lo que íbamos encontrando y como efecto de los cambios que se dieron en la realidad social.  Esto llevó a muchos proyectos a transformarse, a pulverizarse o a buscar formas más imaginativas de influir en la realidad.

Con el paso de los años mucho de aquello ha cambiado y lo único que prevalece en muchos casos, es el espíritu que los originó.

La obra de Porfirio es basta y su vida plena.

Podemos estar de acuerdo con algunos de sus planteamientos y no con otros; podemos simpatizar o no con él; podemos celebrar o condenar sus actitudes; pero lo que resulta indudable es la enorme riqueza de su persona como ser humano sustancialmente distinto del resto que enfrenta la compleja tarea de hacerse escuchar en un mundo de miopes y enanos.

Por otra parte, creo que no puede entenderse la obra de Porfirio como posible sin el maternaje -desde lo más profundo del significado de esta palabra- de María Eugenia de la Parra y de José Quintín Miranda durante sus primeros años; del espíritu de la Compañía de Jesús en la segunda etapa de su vida y de María Adela Oliveros en la actualidad.

Male llegó a formar pareja con Porfirio con una trayectoria personal anterior de lucha y compromiso en la misma línea, y la ha sostenido hasta la fecha de manera permanente. Dicen que la casa que construyeron en Temamatla es de doble ladrillo, y a mí me parece que es ésa la mejor descripción de la pareja porque ella embellece la vida de Porfirio además de ocuparse tanto de la infraestructura como de su contención.

Finalmente, cierro esta reflexión a un nivel más personal, haciendo un reconocimiento al Porfirio de la relación cotidiana, coloquial, porque es uno de los contadísimos amigos que lo heredan a uno en vida con enorme generosidad. El momento de la botana y las comidas en Temamatla seguidas de las pláticas de sobremesa, hacen que el regreso a casa se acompañe de una carretonada de cosas buenas. Anécdotas deliciosas, recomendaciones, diatribas, señalamientos, regaños, amonestaciones tronantes, cálidas reflexiones: todo esto se va sumando en forma de pequeñas herencias que, a través de los años terminan por formar parte de la propia piel.

Un día, ya hace más de cuatro años, mi hija Alejandra y Charlie, su ahora esposo, decidieron que se casarían en quince días porque tenían la oportunidad de salir a estudiar al extranjero.  Porfirio asistió a la boda y llegó con una gran maleta de regalo para la pareja. Cuando Alejandra me la enseñó, yo pensé que el propio Porfirio no sabía todo lo que viajaría con mi hija dentro de esa maleta como legado suyo. Mucho de lo que Gustavo y yo fuimos llevando a casa a partir de conocerlo a él y que nuestra hija fue absorbiendo desde su niñez: el cuarteto americano de Dvorak, el doble concierto para piano de Brahms, la grandeza de Jean Valjean, el virtuosismo de Anne Sophie Mutter, la dulzura de la Giullietta de Las Noches de Cabiria y el enorme sentido de su escena final...

Yo, por mi parte, me quedo con tres herencias suyas que son mis favoritas: su amor por el conocimiento, los amigos que me presentó y, en toda la hondura de su significado, la idea de que el sentido de la vida es cumplir.





[1] Agradezco a Ma. Adela O. de Miranda, M. Eugenia M. de Valdés Villarreal, Ignacio Díaz del Castillo, Alfredo Gutiérrez, Petty Guerrero, Mario Monroy, Arturo Alcalde y  Bertha Luján  haberme dado la oportunidad de entrevistarlos para conocer sus experiencias y memorias sobre Porfirio, lo que me dio la oportunidad de hacer una semblanza más integral de su persona.



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