|
Testimonios
Mi Homenaje a Porfirio Miranda
Nora Garro
Profesora-Investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana
La naturaleza nos ofrece maravillas: el cóndor andino, la mariposa monarca, el salmón canadiense, el pescado de Dios, un roble, las cataratas, los volcanes, cualquier estrella. Entre los humanos, tenemos el espíritu brillante del maestro Porfirio Miranda.
He estado cerca de su labor de maestro universitario. Lo conocí cuando se fundó la Universidad Autónoma Metropolitana en el año 1974 donde ambos éramos profesores. Desde mi clase de Economía oía ecos del apasionado discurso proveniente de la clase contigua. Era como oír un rumor de cataratas o el estruendo de un volcán. Una vez golpeó con tal fuerza el escritorio, supongo que para subrayar la emoción de sus ideas, que se abrieron las bisagras de las ventanas de mi salón. ¡Ni ellas podían permanecer indiferentes! Tampoco yo. Desde entonces, he abierto mi mente y mi corazón a esas ideas y emociones.
En ese entonces yo me encontraba en medio del fragor de la integración de una pareja, de una casa, de un mundo propio, de mi misma. Porfirio Miranda, con respetuosa interpelación, me lanzó preguntas que dignificaron de un plumazo mi espíritu aventurero: ¿Qué es el amor?, ¿por qué crees en tu pareja?, ¿por qué dices lo que dices?, ¿lo has pensado? Me retaba ante un auditorio de alumnos absortos, jóvenes entre los cuales no volaba ni una mosca. No recuerdo qué le contestaba, seguramente balbuceos de quien algo sabe o intuye gajos de verdad, piezas sueltas de un rompecabezas. En esos momentos hubiera querido tener una varita mágica y crear la mujer para Porfirio. Su búsqueda era clara, explícita, inteligente, entusiasta y contundente.
Como Dios lo tiene en alta consideración, le creó su mujer, su amor, su cómplice: María Adela. Se completa el círculo. Es el mejor paradigma que me han ofrecido: puedes porque sabes que puedes, amas porque quieres amar. Pregunta, busca y encuentra.
Con el fluir del tiempo, yo sentí crecer alrededor de mí una muralla, como las mencionadas por los poetas o cuando García Márquez relata que uno de los Buendía llegaba a una reunión y sacaba un gis para dibujar un círculo dentro del cual se metía y no permitía que nadie se le acercara. Porfirio arremete contra esas debilidades, esas huidas para no dialogar, para no discutir, para no perder ni ganar la partida, para no ceder y pedir perdón. Es con la interpelación del alter que somos ego, dice.
Mencionaré algunos de sus obsequios: nos invita a oír el Réquiem de Berlioz y él, dirigiendo el coro adquiere la majestad de un espíritu apasionadamente justo, allí ante nuestros ojos; oyendo el Humoresque de Dvorak, se nos presenta como un viejo actor digno, bondadoso y sabio, en paz con él y con el mundo entero. Habría que mirar su estudio: parece un lugar fuera del tiempo, podría ser el estudio de Kant o de Hegel, hay libros con hojas amarillentas, reliquias, pero el hombre que allí trabaja está al tanto de lo último que se ha escrito sobre filosofía en el siglo XX; dice que el libro Los Miserables le cambió la vida. Por eso lo leí y mi vida también dio un giro. Ustedes ya lo saben, la escena de los candelabros y ese descanso que da ver el amor del gran Valjan hacia Cossette. Le pregunté en qué consistía la bondad y, luego de un momento de silencio en el cual se disolvía la ansiedad previa a la pregunta, me dijo: Tú ya lo sabes. En fin, esos obsequios se me vienen a la mente en avalancha cuando saco brillo a la jarra de plata heredada de sus padres y que adorna desde siempre su sencilla mesa. Poco a poco, se vuelven comprensibles sus palabras: Las personas son fines en sí mismas, no medios para ningún fin por más altruista que éste sea.
Me gustaría saber qué impacto causó, en cada uno de los que se consideran sus alumnos, leer en sus libros o escucharle decir que toda persona posee dignidad infinita. En lo que a mí respecta, debo confesar que me ha costado seguir la lógica del pensamiento, la cual consideraba una tiranía, pues había visto sucumbir las mejores intenciones bajo el peso aplastante de su rigor. Por eso prefería la belleza de la literatura. Porfirio nos demuestra que el hombre posee dignidad infinita y que la vida es un proceso en el cual la podemos descubrir. Eso es pan para el hambriento, el desesperado, el desesperanzado, la solución a la más difícil ecuación matemática, la idea que nos hace mejores, el guión de nuestro destino, la semilla de la paz interior y de la mejor comunicación. Y no es literatura, tampoco buenas intenciones. Es apego a la verdad, con rigor lógico. ¡Qué lección!
Luego, esa manera de escribir, polémica, retadora. Ruge como un león pero argumenta como un ángel. La lectura de sus libros me produce un bienestar físico y mental. Me dan ganas de gritar: ¡Porfirio! ¡Porfirio! Porque se me olvida que es filosofía y me hago cómplice de su contienda permanente contra la estupidez humana. Este hombre nos entusiasma, nos alegra, nos trae buenas nuevas de sus incursiones por mundos poco frecuentados.
Ocasionalmente, sucumbimos en la vacuidad. Me refiero a posiciones tales como: a mí nadie me enseña nada ni nadie me obliga a hacer lo que no se me da la gana de hacer; o yo no le creo nada a nadie, yo soy como un dios y en mi tierra el aire desvía las balas; o yo observo el gran afán de los hombres y no me meto ni me importa. Pues bien, Porfirio nos dice que el imperativo moral es obligatorio. Si alguien argumenta y demuestra que algo es verdadero, aunque se trate de realidades intangibles, no queda otra que tener fe en lo descubierto y demostrado: habrá que decir y hacer lo que hay que decir y hacer. Existe la verdad y existe la justicia.
Porfirio es optimista con respecto al futuro de la humanidad. Sin duda, llega a esa conclusión por medio de su riguroso y exigente pensamiento. Pero también porque es un hombre bueno y conoce el valor de la esperanza. Tanto así, que en la puerta de su casa se lee: En Dios he depositado mi esperanza.
Un día, en mi jardín, pude tomar a un colibrí en mis manos. Parpadeó despacio, interesado, sin intenciones de volar. Lo llevé al interior de mi casa, se lo mostré a los míos; él seguía parpadeando y no volaba. Pasó mucho tiempo y seguía interesado, no se iba. Así es mi amistad con Porfirio, sutil y eterna.
Volver al menú: Porfirio Miranda
|
|
|
Español
English
German
infoarrobacefmirandapuntoorg
Portada
Boletín y Revista Electrónica
(En desarrollo)
|