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La Estetificación de Intelectuales Mexicanos

Jose Porfirio Miranda
Revista “La Jornada Semanal”, No. 285; November 27, 1994; pp. 38-41.



El complejo de inferioridad que Samuel Ramos certeramente diagnosticó en muchos mexicanos es una enfermedad curable. No digo que la cura sea fácil, pero sí que es factible.

El complejo no consiste, como a veces se piensa, en creerse menos valioso de lo que es, sino en llevar a mal que otro sea más valioso que uno. No es complejo de quien se cree inferior sino de quien es inferior. El remedio está en reconocer el defecto, en reconocer que uno reacciona con resentimiento cuando alguien, aun sin quererlo, da pruebas de que es mejor dotado. Quien simplemente se da cuenta de cuán ridículo e innoble es ese rencor contra los más dotados, está curado. Basta tener la hombría de mirarse a sí mismo con objetividad, reconocer que se tiene ese defecto vil, y no minimizarlo diciéndose que al cabo todos los seres humanos son imperfectos.

Ahora bien, sustituir ese diagnóstico de rencor gratuito por el diagnóstico de soledad (la sustitución es deliberada y explícita en el Laberinto de la soledad), y más si esa soledad se heroíza, es ahorrarle al mexicano el encaramiento viril consigo mismo y hacer incurable un defecto que él realmente tiene y que no es ligero. Sobre todo cuando al final resulta, según Paz, que se trata de una característica universal de todos los seres humanos: eso nos evita reconocer que somos defectuosos en forma especial. Adulándote evitan que te corrijas.

Octavio Paz le ha hecho mucho daño a México, no sólo por eso, sino por lo que el título del presente artículo describe. El análisis de Samuel Ramos, precisamente por despiadado, nos encaminaba hacia la clarividencia sobre nosotros mismos. Si hace treinta años, mediante los artículos de fondo y el sistema educativo, se hubiera divulgado que el análisis de Ramos es objetivo, hoy probablemente ya seríamos un pueblo sano. Las bellezas literarias de Paz han impedido esa cura.

Acabamos de usar una palabra decisiva para nuestro tema: objetivo. La ciencia y la filosofía tienen obligación de ser objetivas; la literatura no. La literatura puede en algunos casos ser objetiva, pero lo específico es que no está obligada a serlo. Cuando Paz traslada la cuestión de lo mexicano desde la ciencia (la psicología social de Ramos) hasta la literatura, el análisis se vuelve arbitrario, puede infringir cualquier regla de método objetivo, queda en manos de la primera ocurrencia que venga en mientes, con tal que sea hermosa. Un poeta no tiene que demostrar que sus afirmaciones son verdaderas, basta que sean bellas, sugestivas, nuevas.

Mire usted que tomar a los pachucos y chicanos de los Ángeles como características de lo mexicano y de ahí inferir que los mexicanos padecen soledad. Cualquier científico social sabe que el emigrante, precisamente por estar desencuadrado de su pueblo y de su hogar y porque llega a un entorno que le es desconocido, sufre soledad en cierto grado; pero eso es por ser emigrante, no por ser mexicano. Tomar de ejemplo al pachuco para elucubrar sobre la soledad de los mexicanos en general, es uno de los razonamientos más arbitrarios que yo haya leído. Pero esta crítica sería injusta contra Octavio Paz; él no hace ciencia ni filosofía; él hace literatura: hablar de los pachucos le dio oportunidad de usar la expresión "exhibiendo sus propias llagas", que es una frase muy bonita. Estamos en poesía, no en objetividad.

En general el mexicano es uno de los entes más mitoteros y hasta gregarios que existan. No sabe estar solo. Siempre está en grupo, en chorcha. Sea ello cualidad o defecto, lo cierto es que el mexicano ni siquiera sabe formarse una opinión a solas; las opiniones se forman platicando, oyendo qué dicen los demás y quizá añadiendo algo pero algo que necesita el consenso de los demás; si no, el mexicano no queda tranquilo. ¿De dónde sacó Octavio Paz que la característica definitoria del mexicano es la soledad?

Véase esta consideración del capítulo primero del Laberinto...: "En el Valle de México el hombre se siente suspendido entre el cielo y la tierra y oscila entre poderes y fuerzas contrarias, ojos petrificados, bocas que devoran". Supongo que por estar suspendido entre el cielo y la tierra se siente solo. Pero si esa suspensión se refiere a la mucha altura sobre el nivel del mar, los bolivianos y los tibetanos estarían en peor caso, y Octavio Paz no tendría por qué hablar de la soledad como rasgo distintivo del mexicano. Por otra parte , por mucha que sea la altitud de la ciudad, los habitantes del DF están pisando la tierra y de ninguna manera se encuentran suspendidos entre el cielo y la tierra, ni piensan en ello para nada; es puro cuento que se sientan suspendidos. Y finalmente, por muy alto que residan, si son 20 millones una cosa es segura: solos no están. Están muy acompañados. Sin embrago, repito estas críticas serían válidas si se tratara de objetividad, si las tesis tuvieran que demostrarse verdaderas. Con Octavio Paz no se trata de eso. La expresión " suspendidos entre el cielo y la tierra" era demasiado bella como para dejarla en el tintero. Que viva el criterio estético.

No acaba uno de saber cómo es la lógica del siguiente pasaje: "El sentimiento de la soledad, por otra parte, no es una ilusión -como a veces lo es el de inferioridad- sino la expresión de un hecho real: somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos". Supongo que según Paz del hecho de ser distintos se sigue el estar solos. Pero en realidad no se sigue en lo más mínimo. Podría incluso decirse que se sigue lo contrario: precisamente porque somos distintos nos completamos los unos a los otros. Ahí anda Octavio Paz buscando drama donde no lo hay. Pero tal vez quiere decir que los mexicanos somos distintos del resto del mundo. Puede ser, en algún sentido; pero los mexicanos somos muchos, y por tanto no se sigue soledad. Más verosímil es que se refiera a todos los hombres y quiera decir que cada uno es distinto de los otros; se trata de la más chata trivialidad y, como digo, no se infiere soledad.

Paz parece llegar por fin a la primera inferencia plausible en el último capítulo, cuando infiere del ateísmo la soledad. Y bien, en todo caso se trataría de una soledad muy remediable, pues la existencia de Dios ciertamente se demuestra, pero lo principal es que a esas horas Paz olvidó que el Laberinto... trataba de diagnosticar al pueblo mexicano: al suponer que el pueblo mexicano es ateo, el subjetivismo y arbitrariedad de la literatura lleva a extremos enfermizos su independencia respecto de la objetividad científica y de la realidad. En la realidad de los hechos el pueblo mexicano es un pueblo sumamente religioso, se podría incluso pensar que en los últimos decenios su religiosidad ha aumentado, en vez de disminuir como quisiera Paz.

Quién sabe a qué país, incluso a qué planeta, se refiera Paz en este pasaje: "Pues tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capaces de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada, estamos al fin solos." Si se refiere a México, quiere decir que para el pueblo mexicano Dios ha desaparecido es una falta de objetividad tan patente, que no necesita comentario. Y si se refiere a los países del primer mundo, todos los sociólogos saben hoy que la tan decantada secularización es una patraña a la que las encuestas y estudios de campo contradicen: la pluralidad de las denominaciones cristianas ha tenido incluso como efecto el reforzamiento de las convicciones cristianas, fundamentales en las cuales las diversas denominaciones coinciden, el hacer más auténticas y auto-sostenidas estas convicciones en los individuos al no tener que depender de las diferencias que hay entre las instituciones e iglesias. Basta remitirnos al mejor sociólogo de nuestra época, Talcott Parsons: The System of Modern Societies, o bien Action theory and Human Condition.

Mi intención en lo anterior no ha sido criticar a Paz como literato. Sería ignorar la diferencia que hay entre ciencia y literatura: él va tras lo dramático, tras lo trágico, tras lo estético, no tras lo verdadero. Su género es otro.

Mi intención ha sido ilustrar con el ejemplo más sobresaliente el acelerado proceso de Estetificación en que se encuentra la intelectualidad mexicana (y la opinión pública se lee), proceso acerca del cual es urgente dar la voz de alarma porque tiende a corroer la inteligencia, la capacidad humana de conocer la realidad y la verdad. Como no está obligada a dejarse controlar por la realidad sino sólo a producir casas bella, la literatura les permite a los autores hablar de lo que no saben, pronunciarse con desenfado sobre cualquier tema sin haberlo estudiado: al fin y al cabo nadie le exige al poeta que demuestre que su concepción es verdadera; él puede soltar de su ronco pecho sin que nadie le pida cuentas. Si predomina ese criterio (o falta de criterio) en la intelectualidad de un país, llega un momento en que la cuestión de la verdad o falsedad no sólo sale sobrando sino estorba: se requiere relativismo para que cada cual pueda sostener lo que le pegue la gana, y el que pregunte si una concepción es verdadera o falsa es rechazado como un aguafiestas.

En la tabla de avisos de un mundo estético solamente se lee este letrero: "Se permite buscar la verdad con la condición de que nadie la encuentre." Que es por cierto la intolerancia suprema. Y ellos que se creían pluralistas. Si entre paréntesis añaden " y si la encuentra, que la guarde para sí", evidentemente están suprimiendo la libertad de expresión de la manera más selectiva y represiva pensable: ala ciencia y a la filosofía demostrativa se les prohibe hablar.

Y no es que yo esté contra la literatura. Me considero casi un experto en Dickens, Trollope, Scott, Thackeray, Collins y Balzac. Contra lo que estoy es contra que todo se convierta en literatura

Téngase muy en cuenta que, desde que nació, la literatura siempre contiene un algo o un mucho de diversión. Homero, Píndaro, Esquilo, Sófocles, Eurípides, etcétera, escribían para entretener al auditorio; siempre hay algo de espectáculo. Yo no tengo nada contra la diversión, al contrario. Lo que me parece muy mal es que todo se convierta en diversión. Lo que me parece muy peligroso es que no sepamos distinguir cuándo nos estamos divirtiendo y cuándo estamos pensando en serio.

Y el peligro se ha vuelto realísimo. Demandar "siempre algo nuevo" es descartar el criterio de "lo verdadero". Exigir siempre algo nuevo es la actitud del que sólo quiere desaburrirse y busca espectáculo. Por el contrario, cuando se ha descubierto que "Dos más dos son cuatro" es verdadero, demandar algo nuevo al respecto es confundir lo serio con la farándula. Lo verdadero sigue siendo verdadero aunque se haya descubierto en el siglo pasado; quien cree poder soslayarlo diciendo que es del siglo pasado, se figura que estamos en el circo o en un desfile de modas o viendo la tele. Lo que quiere es que haya "variedades", que es otro nombre para designar el espectáculo y la diversión.

El segundo ejemplo mexicano que voy a poner no es un literato; precisamente por eso resulta tan ilustrativo de la corriente estetizante y de divertimiento que estamos atravesando y que, como dije necesita relativismo.

Sobre una visión del mundo lo más importante que hay que preguntar es si es verdadera o falsa, humana o inhumana, independientemente de si es visión de los vencidos o de los vencedores o de quien sea. León Portilla no se hace esa pregunta para nada. Quiere que no se pierda nada de lo que viene de nuestros ancestros. En su libro, humano es todo, por lo visto hasta los sacrificios humanos. Esa indiferencia es típicamente estética. Así como los dadaístas franceses, para quitarse el aburrimiento, dieron en admirar los monigotes africanos por ser algo "nuevo" y "diferente", de la misma manera la visión azteca del mundo resultó divertida para un público estetista al que no le importa si una visión del mundo es verdadera o falsa ni si hace más humano al hombre o más inhumano. El libro de León Portilla resultó un objeto de mexican curious entre las diferentes "variedades". Se inserta en ese relativismo que malamente se llama pluralismo y en el que sólo importa que el siguiente "número" de la función sea algo nuevo, algo raro. Con tal que diga alguna cosa que no se había dicho, su éxito de taquilla está asegurado. León Portilla quiso hacer mexicanismo, y lo que hizo fue insertarnos en el show-business del primer mundo.

Y hay otro aspecto que no debe pasarse por alto. Quien exhibe y exalta una visión del mundo precisamente porque es la de los vencidos, es obvio que no apela a la razón sino al afecto; al afecto que todos espontáneamente sentimos en favor de los vencidos: tendemos a identificarnos con ellos. Ese recurrir a lo emocional en vez de a lo racional es claramente procedimiento estético. Incluso debo añadir que el libro de León Portilla, sin darse cuenta, ha intensificado el resentimiento y rencor que Samuel Ramos había diagnosticado como grave defecto de muchos mexicanos. Visión de los vencidos suena casi a visión de los resentidos.

Y bien, siendo paz y León Portilla dos de los autores más leídos en México y al mismo tiempo tan disímbolos entre sí y de diverso género, su coincidencia en el fondo estetizante y de divertimiento me parece que ilustra suficientemente la degeneración intelectual que el título del presente artículo declara. Esa oleada estizante ha hecho que el lector mexicano común y corriente sólo busque afirmaciones fuertes, agudas, sugestivas, ostensivas de talento o de carácter, y ni por las mientes le pase preguntar cómo se demuestra que tales afirmaciones son verdaderas, vamos ni siquiera preguntar si son verdaderas o no.

Llamo degenerativo a ese proceso porque moverse por emociones y no por razones es retroceder hacia la animalidad. Así llego a mi argumento central. Ninguna toma de conciencia me parece tan importante en el momento que está atravesando el mundo como ésta: la racionalidad no nos es natural. Venimos de los animales, lo natural es lo que heredamos de ellos. Todo en el mundo cambiaría para bien si nos atreviéramos a mirar de hito en hito esta verdad, la repito: la racionalidad no nos es natural. Por naturaleza no somos racionales. La racionalidad la hemos venido adquiriendo trabajosamente. Sobre todo en los últimos 25 siglos.

En el salvajismo el hombre (homínida quizá) adopta convicciones porque "le leten", por temor, porque le convienen, porque le gustan, etcétera, no por la razón decisiva de que son verdaderas. La idea de sólo adoptarlas cuando se demuestran verdaderas y desecharlas cuando se demuestran falsas es una iniciativa tremenda que lanzaron Platón y Aristóteles y que no tiene nada de natural. Es estrictamente cultural, civilizatoria. Afortunadamente esta iniciativa ha prosperado mucho. Alcanzó gran altura en la Ilustración, sobre todo en Kant (corregido por Hegel) y Hegel. Si ahora regresáramos a la actitud de que no importa si las convicciones son verdaderas o falsas y sólo importa que sean sugestivas y variadas, estaríamos regresando al salvajismo, virtualmente a la animalidad.

Claro que la racionalidad no empezó de cero con Platón y Aristóteles. Empieza cuando la interpelación del Imperativo Moral, haciéndonos responsables de nuestra conducta, por el mismo hecho hace que caigamos en la cuenta de que existamos y así adquiramos un yo. El animal existe pero no sabe que existe, no cae en la cuenta de que existe, o sea no tiene un yo. La autoconciencia es lo que distingue al hombre del animal. Pero tampoco el Imperativo moral proviene de la naturaleza. Es Dios, no naturaleza. De suerte que la tesis rousseana de la bondad del hombre natural es mero eco filosofante de un mito: el mito de la primitiva edad de oro. Por naturaleza el hombre no sólo no es bueno, por naturaleza ni siquiera es hombre. Hombre natural es expresión contradictoria.

Contra dicha iniciativa de la gran filosofía esgrimen los estetificantes la palabra libertad. Según ellos la obligación de atenernos a lo verdadero y aun la existencia misma de verdades absolutas atendería contra la libertad de profesar cada uno la concepción y convicción que le pegue la gana. Ellos quieren que todo quede opcional, como en el arte; que sea cuestión de gustos. Pero, en primer lugar, muy pobre concepto de libertad tiene si la libertad te impide reconocer la verdad. En segundo lugar, sin duda están queriendo definir libertad como algo meramente negativo, como ausencia o carencia de cosas (de trabas, por ejemplo), o sea como una nada. En ese error cayó Rousseau cuando dijo que el hombre natural era libre. Ah pues claro: fácil le es al hombre natural venir dotado de una cosa que consiste en nada. Eso cualquiera lo tiene. Pero si la libertad es una mera ausencia, habría que sostener que aun las piedras son libres. En realidad la libertad es algo muy positivo; se adquiere gradual y laboriosamente; los bebés no son libres. El hombre no nace libre, se hace libre. En realidad es el Imperativo Moral el que nos hace libres, o sea auto-determinados; pues cuando el rumbo lo determina un impulso natural que el yo no puso sino que se lo pusieron ahí sin consultarlo, evidentemente no se está auto-determinando el yo y por tanto no es libre. Es el Imperativo el que nos hace sobreponernos a los impulsos naturales y por tanto el que nos hace libres. Ahora bien, y éste bien, y éste es el punto, nos hace libres imperándonos una conducta con exclusión de otras, una concepción (la verdadera) con exclusión de otras (las falsas). Esa es la única libertad que existe; si ésa no la quieren, quién sabe qué es lo que los estetificantes quieren; ellos no logran definirlo. Pues el concepto meramente negativo de libertad contiene pura nada, es un seudo concepto, un vacío de concepto.

En tercer lugar, dicha iniciativa de la auténtica filosofía de ninguna manera propugna que las convicciones verdaderas las imponga alguna instancia gubernamental o política o religiosa o de cualquier índole. Propugna que las imponga la razón misma, o sea que ésta se auto-determine. Pero autodeterminación es la definición de la libertad. Naturalmente, para eso se requiere no partir del presupuesto de que la verdad no existe. Un tal presupuesto es cerrazón pura y simple contra las demostraciones, contra las razones. Si se lee los tratados de Kant y Hegel con el prejuicio estetificante y museal de quien recorre diferentes concepciones a ver cuál "me gusta", si no se los lee como demostraciones de verdades que, una vez demostradas, se vuelven obligatorias, e los está convirtiendo en obras literarias (mediocres, por cierto) y se está impidiendo que la filosofía hable. Así no puede haber autodeterminación de la razón.

Y en cuarto lugar, ¿por qué defienden la libertad? Hay quienes prefieren el autoritarismo, ¿en qué nos basamos nosotros para preferir la libertad? La única base posible es esta verdad: todas las personas tienen dignidad infinita. Si esa verdad no es absoluta, no sirve de base para nada. La defensa de la libertad se finca, pues, y tiene que fincarse en una verdad absoluta. ¿Cómo puede alguien entonces rechazar las verdades absolutas en nombre de la libertad?

Quisiera terminar previniendo a mis colegas teólogos de la liberación ( a reserva de volver sobre este tema en otra ocasión) contra la influencia de la corriente intelectual, que en este artículo he denunciado. El santo y seña "Opción preferencial por los pobres" es ya efecto de esa influencia. Lo es a tal grado, que podría presentarse como un tercer ejemplo probatorio, además de Paz y León Portilla, de la estetificación de los intelectuales. ¿Cómo que opción?

Según el evangelio y según la filosofía demostrativa la lucha en favor de los pobres es una obligación, no una opción. ¿Desde cuándo el hacer justicia es opcional? ¿Cómo es posible que a alguien se le ocurra presentar la responsabilidad de justicia como algo preferencial?

Ese enfoque estetificante puede dar al traste con la teología de la liberación, puede incluso hacer que deje de ser teología, pues la verdadera teología es demostrativa esencialmente y, en el fondo, como dice Hegel, se identifica con la filosofía. Si la lucha por los pobres es opcional dentro del cristianismo, con el mismo derecho puede haber opción preferencial por los ricos, y se ha desvirtuado completamente el evangelio. Siendo así que la misión de la teología genuina es hacer valer el evangelio. Para evitar condenas vaticanas presentaron su caso los teólogos de la liberación como una mera opción dentro de la Iglesia; así no intranquilizaban a las personas que escogieron la opción contraria; y la opción de ellos, como no amenazaba a nadie, no encontraría demasiadas resistencias y prohibiciones. Pero lógicamente están así sosteniendo que dentro del cristianismo se puede optar por los ricos. Lo cual es traicionar al evangelio.



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